martes, 31 de marzo de 2009

Nocturno primaveral

Es la hora,
la hora de cortinas de fierro
de rostros doblados sobre tela arrugada
envueltos en el silencio de la calle.

Es la hora de montañas
de tela y carne
exhalando vaho hambriento
bajo una cúpula de estrellas.

La hora de semáforos mudos
de metales fruncidos
en el estruendo de un choque.

Es la hora,
la hora...del concreto acariciado por la luna
de los seres metálicos de formas hoscas
que rasgan el paisaje de la ciudad mientras duerme.
Arrancan la superficie
su piel vuelta morusas.
Sobre la herida derraman
líquido asfalto en sangre viva,
la cicatriz será borrada
por el constante cambio de la urbe
su obligatorio olvido de progreso.
Trama suave de ciudad alisada
tejida a tres mil ochocientos hilos
por un millón cuatrocientos hombres
sonámbulos
que jamás duermen
ni sueñan.

En una esquina, el encuentro
de dos insomnes desafortunados.

Uno, rumbo al hospital
sin dinero.
Otro, sin rumbo
ni culpa.
Sólo el peso de las balas ahorradas
en el bolsillo frontal de una sudadera vieja.

Es la hora de vagones alados
sin rieles vuelan
la carga obedece el designio del motor cromado;
la gravedad de cada grieta
bajo las ruedas de la ciudad.

Al interior
un conductor cabecea
entre tambores y aire frío
de madrugada inhabitada
colándose por la ventana
por la que han caído mil cigarros
suicidados
al ritmo de una cumbia trasnochada.



Es la hora del recorrido ensañado
de la Autoridá buscando
la primera torta de tamal.

Hora de la primera historia
contada a oscuras
en la cabina olor a vainilla de un taxi,
un rosario oscila
para aquí, para allá.

Es la hora veloz
en que la ciudad respira.
Ventila sus deseos
no cumplidos bajo el sol.

Es la hora de la espera que no espera
esa que no azota, transcurre, atropella
grita en silencio de soledad
acoge a los suyos con violencia.

Es la zanja entre un día y otro
la cruel barricada inútil
el tiempo de lucro costoso
cajón de gemidos ahogados de alcoba.

Hora del periodista cansado
el rostro lívido
sin saber ya porqué.
La cámara al hombro llena
de infortunios sangrientos
imágenes que pesan más
que el rollo fílmico que las guarda.

Aquella hora en que no existen
ni privacidad
ni tranquilo olvido.

Hora en que se imprimen los diarios
en que el dinero, sin dueño
arriba a los cajeros automáticos.

Hora de parques húmedos
sus bancas convertidas en camas de metal.

Hora de rincones
de puertas cerradas.

La hora es renovada, ronca
infla su pecho en bodegas vacías,
se acurruca en las butacas
de cines con letreros profundamente apagados.

Es la noche entre un destino y otro
carretera que no termina
pero culmina en un amanecer
recordatorio de la necesidad a ojos abiertos,
madrugada insomne.

Es la última copa sobre la barra de un bar
la puerta de pulquería que va y viene
sin interrogantes
ni hogares que esperan.

A esta hora nadie tiene nombre
sólo rostro
sólo sueño.



La primavera tintinea
en el neón de un Hotel Garage.

Aún insomnes
nos traspasa el rostro
un inmenso deseo de soñar.

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